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lunes, 4 de junio de 2012

Cuando los protagonistas estén muertos

 ¿De quién son las historias que escribimos?

¿Qué derecho moral tenemos de contarlas?

¿Somos propietarios de ellas por el hecho de haber sido testigos?

Estas y otras preguntas me las hago, nos las hacemos y las hemos compartido en nuestro taller literario.

No soy la única que tiene una historia que narra acontecimientos vividos por mí pero que, además, tiene otros protagonistas de carne y hueso, con nombre y apellidos, que han compartido la misma experiencia.

Por lógica, hemos de suponer que esos protagonistas –a los que le cambiaríamos el nombre por preservar su identidad de cara a un público menos cercano- podrían llegar a leer la historia, sentirse identificados y, quizá, molestos por verse en ese texto desvelados.

Y ese es el punto central de nuestra duda: ¿qué hacer?

Tengo claro que mi vida es mía y lo que me pasa también; que la mayoría de mis experiencias son compartidas por otros; que muy pocos acontecimientos me suceden en exclusiva y que, por tanto, siempre habrá quien viviendo a mi lado reconozca lo que escribo por mucho que hábilmente lo haya disfrazado.

Y no vengo a plantear nada, digamos, legal. Está claro que si soy lo suficientemente cuidadosa con las identidades, no tendré problemas pero, ¿cómo responder ante un reclamo de un personaje que se reconoce en una historia que desvela algo que hubiera preferido dejar oculto?

Quiero transmitir esta inquietud porque realmente hoy me paraliza, frena, me inquieta y me deja pensando que quizá, aunque quisiera, no podré sacar a la luz una bella historia hasta que sus protagonistas estén muertos.

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