¿De
quién son las historias que escribimos?
¿Qué
derecho moral tenemos de contarlas?
¿Somos
propietarios de ellas por el hecho de haber sido testigos?
Estas
y otras preguntas me las hago, nos las hacemos y las hemos compartido en
nuestro taller literario.
No
soy la única que tiene una historia que narra acontecimientos vividos por mí
pero que, además, tiene otros protagonistas de carne y hueso, con nombre y
apellidos, que han compartido la misma experiencia.
Por
lógica, hemos de suponer que esos protagonistas –a los que le cambiaríamos el
nombre por preservar su identidad de cara a un público menos cercano- podrían
llegar a leer la historia, sentirse identificados y, quizá, molestos por verse
en ese texto desvelados.
Y
ese es el punto central de nuestra duda: ¿qué hacer?
Tengo
claro que mi vida es mía y lo que me pasa también; que la mayoría de mis
experiencias son compartidas por otros; que muy pocos acontecimientos me
suceden en exclusiva y que, por tanto, siempre habrá quien viviendo a mi lado
reconozca lo que escribo por mucho que hábilmente lo haya disfrazado.
Y
no vengo a plantear nada, digamos, legal. Está claro que si soy lo
suficientemente cuidadosa con las identidades, no tendré problemas pero, ¿cómo
responder ante un reclamo de un personaje que se reconoce en una historia que
desvela algo que hubiera preferido dejar oculto?
Quiero
transmitir esta inquietud porque realmente hoy me paraliza, frena, me inquieta y
me deja pensando que quizá, aunque quisiera, no podré sacar a la luz una bella
historia hasta que sus protagonistas estén muertos.