¿Qué color tienen las palabras?

¿Qué sílaba definirá el trazo?

¿Qué imagen para expresar un sentimiento?

martes, 7 de enero de 2014

Extraña relación

Extraña relación esa que tienes conmigo
fruto en parte del amor que siento.

El tinte raro de tu mirada azul
va, viene, vaga entre la pena y la risa.

Tu miedo corta
el hilo de esperanza de atarte a mí.

Mirándote no me reconoces,
palpas el aire pero no respiras,
caminas hacia el infierno
que tú mismo has elegido.

Rechazas mi mano.

Vives muerto.




Texto: Esperanza Castro

sábado, 7 de diciembre de 2013

Nuestro amigo Nelson

Octubre de 1992, aeropuerto de Islamabad (Pakistán)

Yo ya no podía más. Allí presa dentro del avión no lograba comprender por qué nos hacían esperar otra hora para el despegue. Una hora más encima de las dos horas de vuelo Madrid-Londres, tres horas en Heathrow, y otras siete arriesgando la vida con la PIA que nos trasladó desde Londres hasta Islamabad, donde debíamos pasar cinco que se convirtieron en siete y el control de seguridad más exhaustivo que he tenido que sufrir en mi vida donde mujeres cacheaban a las mujeres metiendo sus manos en todo el cuerpo.

Sentada en uno de los asientos centrales del gran Boeing, no podía percibir lo que pasaba al borde de la pista. Había visto de refilón una tarima y unas banderas pero a mí lo que me inquietaba era mi propio cansancio y la urgencia de cubrir el último tramo del viaje con destino Pekín.

Mi mirada iba de mi reloj al pasillo a los asistentes de vuelo a mi reloj a la señal de cinturones abrochados a mi reloj a la cara de mi marido a mis uñas a mi reloj de nuevo… cuando mis oídos escucharon una marcha militar.

De nuevo miro a mi marido y ambos nos encojemos de hombros. No tenemos ni idea de lo que está pasando.

Finalmente, después de otro periodo de tiempo difícil de calcular hoy, se anuncia el cierre de puertas y las instrucciones para el despegue. Respiré. Sólo quedaban otras siete horas hasta Pekín.

Cuando el avión llegó a la altura de vuelo, el piloto nos comunica por megafonía que el señor Nelson Mandela pasará por la nave a saludar a todos los viajeros.

No me alcanzan las palabras para describir lo que allí se organizó. La mayoría del pasaje era de origen paquistaní y el resto grupos de turistas. En ese mismo instante cada cual se olvidó de su propio cansancio y se transformó en un ser cuyo deseo último era tocar a Mandela. Todos, menos yo.

Allí permanecí sentada, como estatua de sal, enfurruñada y agotada, y hasta temerosa de que aquella revolución produjera un accidente en vuelo.

Recuerdo a la gente agolpándose en los pasillos, gritando palabras que no podía comprender, las manos alzadas aplaudiendo con fervor, nombres de ciudades flotando en el aire (una voz repitiendo sin parar “Girona next to Barcelona”)… y también a él con la sonrisa eterna en los labios estrechando cada una, y digo, cada una de las manos que se tendían a su paso.

Por fin llegó hasta la fila en la que me ubicaba. Nelson Mandela se paró y me miró con curiosidad. No entendía por qué yo me comportaba de manera diferente, por qué estaba yo allí sentada y no de pié, callada y sin gritar, con gesto agrio y no sonriendo como lo hacía el resto de mis compañeros de viaje.
-          
       - Don´t you say me anything?

Muda le alargué la mano. No había entendido la pregunta, y aún hoy me pregunto qué me quiso decir, sólo sé que en mi ofuscación no fui capaz de calibrar la grandeza de la persona que tenía delante por la única “sinrazón” de un retraso horario. Qué necia.

Tiempo después de sobrevolar el Himalaya y el desierto del Gobi aterricé en Pekín. Entonces, y sólo entonces, cuando la tensión había desaparecido de mi cuerpo, fui consciente del regalo que se me había presentado. Y me sentí mal, muy mal, pero ya nada podía hacer. Lo único que me quedaba era pedir disculpas en silencio a aquella grandísima persona que, desde aquel momento y por siempre, fue para nosotros “Nuestro amigo Nelson”.









martes, 12 de noviembre de 2013

Me caso

Y ahora cómo se lo digo se me retuercen las tripas me dan ganas de ir al baño pero no me puedo dejar llevar por la ansiedad cómo se lo digo por dónde empiezo con lo serio lo que grita cuando se cabrea que hasta se han llegado a quejar los vecinos de arriba y también los de abajo pero esos me dan igual porque bastante les hemos aguantado nosotros con esas fieras de niñas que tienen no quiero pensar que hubieran sido niños pero ahora que lo pienso pues qué más da porque cuando un niño o niña sale retorcido pues sale retorcido yo siempre he sido la rebelde “rebelde sin causa” me llamaba mamá y yo creo que tampoco era tanto que más bien era una niña buena lo que pasa es que me jodía tener que hacer todo el rato lo que me mandaban aunque fuera una auténtica estupidez pero qué mal se lo va a tomar qué mal se lo va a tomar porque nunca le gustó Oscar siempre le pareció un vago un vivalavirgen un hombre que se aprovechaba de las mujeres pero yo sé que no es así porque yo lo he visto currar como una bestia pero él no y no y no y no se fía de mi palabra porque cree que le miento o que me tiene engañada y que él es el que verdaderamente lo ha calado que él es el que le ve el auténtico rostro y por eso porque soy su niña pequeña porque me quiere proteger pero qué proteger si cuando me he ido yo de viaje él no estaba que me he ido con mochila y he dormido en parques y me las he tenido que arreglar sola él no estaba pues se había ido con mamá de viaje que me parece muy bien que no digo yo que no pero porqué se tiene que meter en mi vida si yo no me meto en la suya pero no sé por dónde empezar porque que Oscar y yo hemos decidido casarnos se lo tengo que decir igual y a lo mejor se niega a ser mi padrino pues que se ponga como se ponga que yo ya veré a quién se lo pido lo mismo se lo digo a Pepe que para eso es mi hermano mayor que le he aguantado toda la vida haciéndome putadas y que ya es hora de que me las pague todas juntas pues sí a lo mejor hasta paso de papá porque llevarle de padrino con cara de ajo tampoco me apetece nada pero qué disgusto para mamá que es una santa que lleva años aguantándole sus ataques de genio y es la que escucha las quejas de las vecinas estoicamente cuando en realidad es él el que tenía que dar la cara como en esta ocasión coño que soy su única hija vale que he tenido con él mis encontronazos pero en esta ocasión la de mi boda debería de hacer una excepción y mostrarse comprensivo aunque no le guste Oscar aunque siempre haya pensado que es un vago pues ahí va se lo digo y se lo digo y que salga el sol por Antequera.




Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

jueves, 31 de octubre de 2013

Lo demás no cuenta

A lo largo de esta tarde, yo querría que lloviera
pa recordar un pasado y pa pedirle que vuelva.
Que vuelva con toda el agua y el azul de su tristeza,
esa tristeza que embarga, esa tristeza que merma.
Y que duele, y que daña, y que rompe, y que tiembla,
y que reduce a escombros toda la naturaleza.
Para resurgir de nuevo sobre la tierra yerma,
eso le pido a esta tarde, eso, lo demás no cuenta.





Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

jueves, 3 de octubre de 2013

Canción de Luna

Luna es tan alta como ninguna

Negra luna color de aceituna

Luna blanca cubierta de espuma

Qué sueña luna, luna que acuna

Luna que llora y ríe de una

Luna, mi Luna, mi tierna Luna 





Texto: Esperanza Castro
Ilustración: Silvia Sanz

miércoles, 17 de julio de 2013

El Ticket

Y un día tras otro la marca de su carmín en el ticket del parking. Aquellos labios gruesos, carnosos, que me sonreían mientras introducía su mano entre la bandejita metálica y el cristal, para hacerme llegar el papelito hasta el interior de la pecera donde me encontraba.

Esperaba cada día aquel instante. Ese gracioso caminar bajando la cuesta de entrada por donde entran los coches. Y yo embobado esperando que me pasara el beso grabado en el trozo de papel.

Pero aquella mañana lluviosa llegaba acompañada. Ella, a propósito del tiempo, se había calzado unas botas altas, de tacón vertiginoso que la hacían parecer modelo de revista.

El suelo estaba ligeramente embarrado. El calzado de caña alta le impedía el juego natural de los tobillos y, en un instante, ella resbaló con el pie derecho, se apoyó sobre el izquierdo que también falló y, ante el asombro e impotencia de su acompañante, se precipitó sin remedio sobre el suelo del parking.

Su rostro se contrajo de dolor y sentada, se agarró con fuerza el tobillo dañado. El hombre se agachó junto a ella preocupado al tiempo que dejaba escapar una risa tonta.

-  ¿Me quieres decir de qué te ríes? ¿Eh? ¿Me lo quieres decir? – escuché que ella exclamaba prácticamente gritando.

Comprendí que él era de ese tipo de personas que no pueden contemplar una caída sin que les de la risa, un reflejo incontrolable, algo imposible de aguantar, aunque la persona accidentada sea la más querida.

Pero igual observé que trataba de ayudarla a ponerse en pie, y que ella no podía del dolor, y que rechazaba una y otra vez su mano tendida. No podía estar más fuera de sí.

Y yo allí, enjaulado en la pecera sin poder hacer nada. Queriendo salir a ayudarla, a levantarla y llevarla en brazos hasta el hospital, para que le revisaran ese tobillo, para que curaran su dolor. ¿Qué hacer? Allí estaba él con ella lidiando aquel conflicto.

Sentía como si una cadena me fijara a la silla; como un pez que boquea preso en la red y que morirá sin remedio; como un animal rendido y sin libertad. Atendía la cola infinita de pagos como una autómata: un ojo en la caja y otro sin desviar la atención del accidente. ¿Cómo podría abandonar el puesto en ese momento?

Por fin ella se dejó ayudar. El que supuse su marido, o su novio, o su vete a tú saber qué, comenzó a tirar de la larga bota, lenta, muy lentamente porque la hinchazón del tobillo dificultaba la tarea. Ella se mordía el labio inferior mientras dos lagrimones se deslizaban mejillas abajo. Se incorporó abrazada a él y, con breves saltos, fue capaz de llegar hasta donde estaba aparcado su coche.

Abrió su bolso, sacó el ticket y lo sujetó con un gesto mecánico entre sus labios pintados, extrajo el monedero y se lo tendió a él junto al papelito que cada día me llenaba de ilusión.

El se situó al final de la cola y yo esperé a que el desencanto asomara por la rendija de mi pecera.


Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

miércoles, 3 de julio de 2013

Yo tengo un palomo (segunda parte)


Sigo sin tener setecientos amigos en Facebook, pero continúo teniendo un palomo en mi ventana. El mismo palomo, o su hermano, o el cuñado del que el 2 de octubre pasado me hacía escribir una entrada en este mismo blog cargada de nostalgia y hasta cariño.
El palomo sigue siendo gris, como todos los palomos, pero hoy ya no me causa tristeza sino más bien unas ganas irreprimibles de hacer caldo con su carne prieta.
Ya no quiero acogerlo, ya no quiero adoptarlo, ¡¡¡quiero que abandone ya el alféizar de mi ventana!!!
Me lo tiene tapizado de cagaditas y ahora le está dando por golpear y ulular y requeteulular hasta despertarme con el amanecer.
Sigue creyendo que el lugar es suyo y ¡¡¡nooo!!!
No quiero tenerlo, no quiero mirarlo, no quiero ver sus repugnantes plumas salpicando los cristales de mi ventana.
Ahora, ese que en octubre me regalaba ternura, despierta en mí hondos sentimientos que me acercan al asesinato.
¿Me compraré un palomo de peluche para abrazarlo y disfrutarlo y echaré a este sin remordimientos como Betilón me recomendaba?
¿Pondré en el alféizar un rollo de tela de gallinero para evitar que se siga posando siguiendo el sabio consejo de Cañuelito?
Ya me dijo Silvia que detrás de esa apariencia celestial se escondía ¡¡¡un monstruo!!! Comienzo a considerar seriamente lo del espantapájaros.
¿Coloco bolsas de plástico como me sugería Noemí?
Aún no me ha puesto huevos como a Marion pero me viene a la mente sembrar un ciento de cactus.
Quizás termine subiéndome al tejado o al árbol donde han anidado para exterminar los huevos, los polluelos y a la madre que los parió a todos.
Siento que el romanticismo que me provocaba ha desaparecido, ha volado como deseo fervientemente que haga él.
No me trae ningún mensaje, o no lo oigo, o no lo entiendo, pero tampoco me quiero parar a interpretar su ulular porque puede que, si me paro, a lo mejor comprendo su tristeza, su soledad, y entonces tendré al palomo hasta el día del juicio final.



P.D.: Este verano estoy sufriendo las siete plagas de Egipto. Pero eso lo dejo para otro día que para bichos ya hemos tenido bastante.

Texto: Esperanza Castro

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