¿Qué color tienen las palabras?

¿Qué sílaba definirá el trazo?

¿Qué imagen para expresar un sentimiento?

jueves, 31 de octubre de 2013

Lo demás no cuenta

A lo largo de esta tarde, yo querría que lloviera
pa recordar un pasado y pa pedirle que vuelva.
Que vuelva con toda el agua y el azul de su tristeza,
esa tristeza que embarga, esa tristeza que merma.
Y que duele, y que daña, y que rompe, y que tiembla,
y que reduce a escombros toda la naturaleza.
Para resurgir de nuevo sobre la tierra yerma,
eso le pido a esta tarde, eso, lo demás no cuenta.





Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

jueves, 3 de octubre de 2013

Canción de Luna

Luna es tan alta como ninguna

Negra luna color de aceituna

Luna blanca cubierta de espuma

Qué sueña luna, luna que acuna

Luna que llora y ríe de una

Luna, mi Luna, mi tierna Luna 





Texto: Esperanza Castro
Ilustración: Silvia Sanz

miércoles, 17 de julio de 2013

El Ticket

Y un día tras otro la marca de su carmín en el ticket del parking. Aquellos labios gruesos, carnosos, que me sonreían mientras introducía su mano entre la bandejita metálica y el cristal, para hacerme llegar el papelito hasta el interior de la pecera donde me encontraba.

Esperaba cada día aquel instante. Ese gracioso caminar bajando la cuesta de entrada por donde entran los coches. Y yo embobado esperando que me pasara el beso grabado en el trozo de papel.

Pero aquella mañana lluviosa llegaba acompañada. Ella, a propósito del tiempo, se había calzado unas botas altas, de tacón vertiginoso que la hacían parecer modelo de revista.

El suelo estaba ligeramente embarrado. El calzado de caña alta le impedía el juego natural de los tobillos y, en un instante, ella resbaló con el pie derecho, se apoyó sobre el izquierdo que también falló y, ante el asombro e impotencia de su acompañante, se precipitó sin remedio sobre el suelo del parking.

Su rostro se contrajo de dolor y sentada, se agarró con fuerza el tobillo dañado. El hombre se agachó junto a ella preocupado al tiempo que dejaba escapar una risa tonta.

-  ¿Me quieres decir de qué te ríes? ¿Eh? ¿Me lo quieres decir? – escuché que ella exclamaba prácticamente gritando.

Comprendí que él era de ese tipo de personas que no pueden contemplar una caída sin que les de la risa, un reflejo incontrolable, algo imposible de aguantar, aunque la persona accidentada sea la más querida.

Pero igual observé que trataba de ayudarla a ponerse en pie, y que ella no podía del dolor, y que rechazaba una y otra vez su mano tendida. No podía estar más fuera de sí.

Y yo allí, enjaulado en la pecera sin poder hacer nada. Queriendo salir a ayudarla, a levantarla y llevarla en brazos hasta el hospital, para que le revisaran ese tobillo, para que curaran su dolor. ¿Qué hacer? Allí estaba él con ella lidiando aquel conflicto.

Sentía como si una cadena me fijara a la silla; como un pez que boquea preso en la red y que morirá sin remedio; como un animal rendido y sin libertad. Atendía la cola infinita de pagos como una autómata: un ojo en la caja y otro sin desviar la atención del accidente. ¿Cómo podría abandonar el puesto en ese momento?

Por fin ella se dejó ayudar. El que supuse su marido, o su novio, o su vete a tú saber qué, comenzó a tirar de la larga bota, lenta, muy lentamente porque la hinchazón del tobillo dificultaba la tarea. Ella se mordía el labio inferior mientras dos lagrimones se deslizaban mejillas abajo. Se incorporó abrazada a él y, con breves saltos, fue capaz de llegar hasta donde estaba aparcado su coche.

Abrió su bolso, sacó el ticket y lo sujetó con un gesto mecánico entre sus labios pintados, extrajo el monedero y se lo tendió a él junto al papelito que cada día me llenaba de ilusión.

El se situó al final de la cola y yo esperé a que el desencanto asomara por la rendija de mi pecera.


Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

miércoles, 3 de julio de 2013

Yo tengo un palomo (segunda parte)


Sigo sin tener setecientos amigos en Facebook, pero continúo teniendo un palomo en mi ventana. El mismo palomo, o su hermano, o el cuñado del que el 2 de octubre pasado me hacía escribir una entrada en este mismo blog cargada de nostalgia y hasta cariño.
El palomo sigue siendo gris, como todos los palomos, pero hoy ya no me causa tristeza sino más bien unas ganas irreprimibles de hacer caldo con su carne prieta.
Ya no quiero acogerlo, ya no quiero adoptarlo, ¡¡¡quiero que abandone ya el alféizar de mi ventana!!!
Me lo tiene tapizado de cagaditas y ahora le está dando por golpear y ulular y requeteulular hasta despertarme con el amanecer.
Sigue creyendo que el lugar es suyo y ¡¡¡nooo!!!
No quiero tenerlo, no quiero mirarlo, no quiero ver sus repugnantes plumas salpicando los cristales de mi ventana.
Ahora, ese que en octubre me regalaba ternura, despierta en mí hondos sentimientos que me acercan al asesinato.
¿Me compraré un palomo de peluche para abrazarlo y disfrutarlo y echaré a este sin remordimientos como Betilón me recomendaba?
¿Pondré en el alféizar un rollo de tela de gallinero para evitar que se siga posando siguiendo el sabio consejo de Cañuelito?
Ya me dijo Silvia que detrás de esa apariencia celestial se escondía ¡¡¡un monstruo!!! Comienzo a considerar seriamente lo del espantapájaros.
¿Coloco bolsas de plástico como me sugería Noemí?
Aún no me ha puesto huevos como a Marion pero me viene a la mente sembrar un ciento de cactus.
Quizás termine subiéndome al tejado o al árbol donde han anidado para exterminar los huevos, los polluelos y a la madre que los parió a todos.
Siento que el romanticismo que me provocaba ha desaparecido, ha volado como deseo fervientemente que haga él.
No me trae ningún mensaje, o no lo oigo, o no lo entiendo, pero tampoco me quiero parar a interpretar su ulular porque puede que, si me paro, a lo mejor comprendo su tristeza, su soledad, y entonces tendré al palomo hasta el día del juicio final.



P.D.: Este verano estoy sufriendo las siete plagas de Egipto. Pero eso lo dejo para otro día que para bichos ya hemos tenido bastante.

Texto: Esperanza Castro

viernes, 19 de abril de 2013

A oscuras



Me tumbé de espaldas cuan larga soy. Mi mirada se paseó por el encalado techo hasta colgarse de la lámpara y cerré los ojos.
No sabía qué ponerme ni qué le gustaría a él. Quién puede saberlo en un primer encuentro.
¾                     Una cita a ciegas –me dije, e instintivamente tomé la cinta de raso que días antes había comprado y me la coloqué sobre los ojos ciñéndomela fuertemente para asegurar así la total oscuridad.
Me incorporé y, desnuda, me acerqué tanteando torpemente hasta el mueble donde guardo la ropa interior. Mis manos sobrevolaron los corsés, las braguitas, los delicados volantes de las enaguas. Dudando me dejé llevar por el roce de sus blondas y encajes y un suave roce de raso llegó para convencerme. Era el del corpiño armado que tanto me afinaba mi cintura e imaginé su perfecta confección, las costuras invisibles, las mínimas puntadas, y también la limpia silueta que pintaba sobre mi cuerpo. Ninguno sentaba mejor.
Lo deslicé con destreza notando sobre mi piel la frescura del tejido y lo ajusté siguiendo mi instinto. Gocé la ligera presión sobre mí y me soñé figura de modelo.
Volví hacia el cajón para elegir las braguitas. De nuevo idéntica operación: los tejidos me llamaban, me buscaban deseosos de convencer, y yo me dejé llevar.
Algo mágico pasó al momento de vestirlas. Tan solo dos, dos prendas para sentirme completa. Sonreí ante lo imaginado. Nada más faltaban las medias. Al abrir ese cajón me invadió un mar de aromas: vainilla, jazmín, recuerdos de rosa mosqueta. Y precisamente así, por su delicado olor, elegí lo que restaba.
Retorné tanteando el aire hacia la cama y me senté en su borde. Tomé la primera media y la recogí con cuidado intentado mantener la tensión entre pulgares. Mis pies sintieron la seda, sobre los dedos primero para terminar al fin en la suavidad del talón; fui deslizando el tejido pantorilla arriba, con destreza hasta instalarse en la tierna carne del muslo. El camino en la segunda me trajo el disfrute de ese tenue cosquilleo.
Y mi mente traviesa me llevó hacia el futuro, a intentar imaginar lo que él, cegado por la cinta de raso, no podría ver, tan sólo tocar, oler.



Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro


jueves, 7 de marzo de 2013

Encerrado

Intentaba respirar en centímetros cúbicos. El olor a fuel le resultaba totalmente repugnante. Era como sentir que el veneno se le colaba a través de las aletas de la nariz.

Los pulmones a medio gas, tan solo intentando inyectar la mínima cantidad de aire para sobrevivir. La vida se le iba soplo a soplo mientras, allá afuera, rugía la tormenta.

Su espalda encajada entre Juan y Pedro y todos, los dieciséis de la tripulación, que apenas se podían mover en aquel espacio. Los goterones de sudor les caían sobre las cejas, tal era el asfixiante calor, y a él no se le ocurría otra cosa que pensar en María. Ella y su ardor, ella y su abrazo infinito, ella siempre ella, no quería ni imaginar la posibilidad de no volver a acariciar su cuerpo.

Un golpe de mar…

Su mirada fue a cruzarse con la de Manuel acuclillado. Sus ojos paralizados pidiendo auxilio en silencio. Los ojos de Manuel, los labios fruncidos de El Chato, la mandíbula apretada de Josito. Todos, sus compañeros de siempre, unidos por el contacto obligado del infortunio.

Alzó la mirada. La escotilla cerrada impidiendo una filtración del agua que se debatía allá fuera.

Exhaló desesperanza y se sintió como un ladrón robando unos segundos de vida. Mas no era ningún pecador, o quizás sí. A él le esperaba una reina ¿y a los otros? Uno por uno repasó mentalmente la historia de cada cual. Quién podría decidir el que merecía la salida, el viento en el rostro, el beso en los labios, la caricia en el pelo. Nadie o todos, pero daba igual, aquello no era una partida más de mus, aquello no era un juego y sí, quizás, el castigo que de alguna forma u otra esperaba que ocurriera. Porque nadie puede ser tan feliz, nadie puede tenerlo todo, nadie tiene el derecho de vivir sin mancha, sin castigo, sin congoja.

La madera cruje, es el lamento de la vieja nave. Y ellos… ellos abandonados en brazos del azar.

Otro golpe de mar…



Ilustración: Silvia Sanz
Texto: Esperanza Castro

jueves, 14 de febrero de 2013

Carnaval

CARNAVAL

Tu palma y mi palma sobre nuestras cabezas,
juntas en una caricia que adora el aire.


Bajan, se deslizan, nos ocultan como máscaras.


Tus ojos entre los dedos, como los míos.


Miradas que se enlazan al escondite.


Me miras, te veo,
en la danza única de un carnaval vivo.



Texto: Esperanza Castro
Imagen: Robada de internet

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