Una nunca sabe dónde se encontrará una historia, pero esta mañana estaba segura de que alguna me traería en el bolso cuando regresara a comer. Por ello, me cercioré de meter mi libreta antes de salir a estrenar la mañana de primavera.
Texto: Esperanza Castro
Pensaba que en el SMAC (Servicio para la mediación, arbitraje y conciliación) intuiría, vería, viviría tristes historias, finales duros, dolorosos… y sí los había, pero no los percibí, escondidos como debían estar entre los que allí merodeábamos.
Cuando terminé de solicitar mi acto de conciliación, me regalé un café Guatemala y un muffin de arándanos al más puro estilo “fusion food”.
En la mesa de al lado, dos abogados. Se contaban el uno al otro sus “triunfos”, los pequeños o grandes chanchullos trabajador-empresa que ambos gestionaban y de los que ellos mismos eran absolutos protagonistas. Pujaban por ver cuál había conseguido mejor acuerdo, unas veces a favor del empleado, otras de la compañía.
¾ No tenía ni idea –se mofó el primero-, era una total ignorante de sus derechos. Sólo pretendía el paro y algunas pelas. Su marido trabaja y tiene dos niñas. La empresa le ofreció unos veinte mil. Yo se lo dije y ella tan contenta… Al final, le conseguí treinta y cinco, pero no le comenté nada hasta el final. Ya sabes, para pasármelo bien. Cuando se lo comuniqué, no había tío mejor que yo sobre la faz de la Tierra …
¾ Pues yo –respondía el otro- tuve un caso similar. Le dije que debíamos intentar los cuarenta y cinco días y a ella le pareció bien. Igual no tenía ni idea pues hubiera aceptado los treinta. Me costó un huevo llegar a un acuerdo con la empresa. Fui gilipollas, no tendría que haberle dicho nada, ya que tan contenta estaba con sus treinta días, pero al final me cubrió de alabanzas…
Me dieron nauseas. Me levanté en cuanto terminé mi café. Salí escopeteada del sitio.
Los tipos seguían contándose “batallitas” sin darse cuenta –supongo- de que, en realidad, trataban un drama tras otro, como si fuera pura mercancía.
Existe un refrán español que dice: “a río revuelto…” Pues eso.
Texto: Esperanza Castro



